lunes 13 de julio de 2009

Los héroes duermen solos

Algo ocurre en el cine fantástico. Si esa obra maestra absoluta que era la sueca Déjame Entrar fue posiblemente la mejor película del año pasado, dos muestras de cine de superhéroes para adultos se han manifestado como pasos hacia delante en la intención de abrir nuevos escenarios a ciertas tendencias narrativas demasiado dependientes de las tradiciones. ¿Quién dijo que un señor ataviado con un traje y una máscara no podía ser la representación más certera del siglo XXI?

La primera de ellas es El Caballero Oscuro (Cristophher Nolan, 2008), una obra colosal en su planteamiento y desde luego redonda en resultados. Todo funciona. Desde el diseño de unos personajes contundentes (ese Dos Caras aturdido por el desastre, un Batman superado por todas las circunstancias, propias y las ajenas) hasta un ritmo apabullante que persigue todos los rincones de su metraje.

Pero la aportación de la película, lo que la convierte en algo realmente especial, es haber dado por fin con el Joker definitivo, la némesis perfecta del héroe innecesario. La interpretación de Heath Legder es francamente espectacular, pero lo que realmente acaba triunfando son las constantes de un personaje alucinado que sobrevive creando el caos, como medio para demostrar al protagonista que nadie los necesita, que la Humanidad acabará destruyéndose a sí misma, sin necesidad de atentados, sin posibilidad de salvación.

El éxito a todos los niveles de El Caballero Oscuro contrasta con la mala acogida de Watchmen (Zack Snyder, 2009), adaptación de la aclamada obra de Alan Moore y Dave Gibbons. Y no deja de ser curioso; es cierto que es una obra imperfecta, con algunos momentos prescindibles, pero también es arrebatadora, contundente, absorvente y, sobre todo, tremendamente profunda, no sólo en su historia (un mérito probablemente más atribuible a la obra original), sino en las imágenes escogidas para adaptarla.

El trabajo de Zack Snyder no era nada fácil. Vale mucho la pena ver la versión “uncut”; esta versión extendida ronda las tres horas de duración pero acerca de una manera más asequible y completa la complejidad de unos personajes que no tienen alternativa a lo que son, que hubieran preferido estar en otro sitio pero que saben que los rincones donde solían esconderse ya han ardido.

Un dios creado por los hombres nucleares, una hija de seda bastarda a la que ya no quedan historias que contar, un búho burgués sin motivos para volver a ser un hombre, un filántropo que sólo consigue cuidar lo que quiere dejándolo morir, un cowboy violento y salvaje que se ahoga en sus peores pecados. Todos ellos viviendo en una sociedad que ha decido prescindir de sus servicios.


Pero entre ellos, el mejor es Rorschach, ese ser peligroso que sólo se disfraza cuando muestra su rostro. Fascista, misógino, cruel, asesino, implacable. Animal en estado terminal a causa de una enfermedad de cura imposible; pensar que la justicia sólo puede llevarse a cabo si no abandonas tus ideales.
Personaje de múltiples aportaciones; cada vez que muestra una de sus caras, lo hace sangrando. Hace del sufrimiento el motivo de su lucha. Contra todo, por nada.

La dimensión de Rorschach supone un análisis muy profundo de las teorías absolutistas, evitando caer en las trampas del maniqueísmo pero sin mostrar compasión por el monstruo. Existencialismo derrotado por una lucha equivocada, representado en el hallazgo portentoso de su máscara, donde el blanco el negro parecen perseguirse sin encontrarse nunca. La lucha de unos extremos que están condenados al enfrentamiento, a eliminarse el uno al otro

Un hombre va al médico. Le cuenta que está deprimido. Le dice que la vida le parece dura y cruel. Dice que se siente muy solo en este mundo lleno de amenazas donde lo que nos espera es vago e incierto. El doctor le responde "El tratamiento es sencillo. El gran payaso Pagliacci se encuentra esta noche en la ciudad. Vaya a verlo. Eso lo animará". El hombre se echa a llorar. Y dice "Pero, doctor... yo soy Pagliacci".

La enfermedad es incurable porque sus propios síntomas son el final del tratamiento. Está todo inventado.

Una gran película, basada en una mejor historia. Por momentos no resulta fácil de ver (la violencia es de una crueldad nada común en estos productos), quizás hubiera podido ahorrarse algunas secuencias, pero de ninguna manera es la obra menor que muchos masacraron en su estreno. Profunda, muy reivindicable y nacida para resultar incomprendida, Watchmen es una cita ineludible para quienes no creen en los géneros menores, para aquellos que piensan que cualquier prejuicio contra las formas suele ser sinónimo de una traición al mejor de los contenidos.

martes 7 de julio de 2009

El museo

Y tú estabas allí empapada, de rodillas bajo el cuadro,
que miraba con cariño la abstracción de tu sonrisa,
ese cuenco lleno de lluvia que olía a miel y prado,
preciosa obra maestra con mil pequeños finales.

Y yo allí estaba sin pestañas, apoyado en la sombra,
imaginando sábanas de pasos corridos sin prisa,
muertos huidos del calvario de tu boca de loba,
fauces que mastican las noches de alambrada.

Y mi mano tan apretada, mi pobre conejo tarado,
contra la débil historia de quien nunca será algo,
sacudiendo las finas pieles de mi último disfraz,
esperando que la luz volviera a dejarme de lado.

Y tus trazos, apuñalando las formas de mi cuerpo,
cortando las latitudes de los retornos sin motivo,
sangrando las caricias de las que ya no soy capaz,
de las que sólo ese cuadro podría salir vivo.

Y tu lengua, esa suave indecencia que aparta labios,
puerta de lienzo que sólo recuerda el sabor a óleo;
sigues ahí, inclinada sobre mis peores decisiones,
contando los azotes que mi trasero sabe aguantar.

Y te veo recogerte, arrugar la tensión de tus piernas,
levantarte sin peso, abandonándonos al suelo y a mí,
te retiras como una diosa, tras las dulces tres canciones
que esperan alborotadas en algún sitio lejos de aquí.

Y pienso en lo lento que te puede sacudir el tiempo
cuando todo cuanto tienes son mil palabras tiernas
y la seguridad alucinada de que esta noche en el museo
voy a demostrarte que existen muchas maneras de bailar.

martes 30 de junio de 2009

Álex, un Gin tonic y otros crímenes

Es muy curioso lo que sucede con el cine español. Vivimos en una permanente necesidad de reivindicarlo que roza la paranoia colectiva, como si nos fuera la vida en mantener su vigencia por el mero hecho de su procedencia.

Me cuesta mucho entenderlo; se aborda la situación como si se tratara de una crisis de deslocalización de empresas o una OPA hostil de trágicas dimensiones, cuando el problema, si es que lo hay, se encuentra mucho más cerca de un replanteamiento profundo de los criterios artísticos y creativos que nos hemos propuesto defender.

Estaría bien pensar que no hay cine español, americano o iraní; que sólo hay películas; revolucionarias, conservadoras, populares, minoritarias, comerciales, inviables… historias que no importan por su origen, sino en su destino.

Vivimos de las audiencias pero pedimos respeto. Sólo hace falta echar un vistazo a la producción española de programas de entretenimiento, por decirlo de alguna manera, que invaden la televisión para preguntarnos qué es lo que nos hace tan especiales.

No entiendo por qué es importante de dónde proceden Scorsese, Lynch, Coppola, Clint Eastwood, los Coen o John Ford; como tampoco me pregunto dónde nacieron Renoir, Dreyer, Truffaut, Von Trier, Kurosawa, J.A. Bardem, Kubrick o Berlanga. Lo que une a todos estos creadores es que han rodado por lo menos tres o cuatro obras maestras que han edificado la historia del cine.

Y si el discurso contra el cine americano fracasa, miramos hacia Internet, que siempre funciona como arma abrasadora de conciencas no responsables. Quizás vaya siendo hora de aceptar que los tiempos están decididos a cambiar sus nombres y que, en lugar de resistirse, resultará bastante más divertido intentar pronunciar los nuevos. De momento, nada hace pensar que no hayan venido para quedarse.

Quizás la piedra filosofal de todo este asunto sea dar al menos tanto como esperamos recibir, y eso es algo que el cine español todavía no ha asimilado. Que una película divertida y arriesgada como Los Cronocrímenes de Nacho Vigalondo pasara sin pena ni gloria por una distribución deficiente, mientras "maravillas" como Mentiras y Gordas (buen trabajo, González-Sinde, sí señora) o Fuga de Cerebros brillaban entre las películas más vistas del fin de semana, dice muy poco acerca de nuestra decidida apuesta por el cine español.

Hay voces que defienden que el público pide ese tipo de productos, pero es exactamente lo mismo que ocurre con el cine norteamericano, y nos echamos las manos a la cabeza ante cuando se estrenan películas de allí con escasa calidad.

Y en este apacible ambiente, aterriza en la dirección de la Academia Álex de la Iglesia, alguien inteligente; un director que me interesa, aunque sólo sea por haber descubierto que la Ciencia Ficción puede ser una alternativa también aquí. Y parece que llega con las ideas claras; al menos, juega a ese peligroso juego que es llamar a las cosas por su nombre y eso siempre es algo que se agradece. Esperemos que también traiga algo de luz a los cineastas que tienen algo que decir en este país; la piden a gritos.

http://www.lavanguardia.es/cultura/noticias/20090625/53730963930/para-el-cine-espanol-no-es-hora-de-pedir-es-hora-de-dar-academia-internet-cannes-ignasi-guardans-los.html

Y Nacho Vigalondo intentando lidiar con un preestreno acorde con su extraño talento y sus abultados medios.